Thursday, October 20, 2005

Cuento de Hadas (I)

Érase una vez un reino mágico donde la gente trabajaba y vivía en armonía. Este reino se llamaba Noatlín. Los habitantes Noatlín elaboraban tela de seda para los caruajes del monarca del reino vecino. Esto constituía la principal actividad económica del pueblo. La mayor parte de los habitantes tenían granjas de seda y con ella daban abasto para las necesidades de producción del reino. Todo era bueno y próspero, o al menos eso creían.

Un buen día llegó a Noatlín un dragoncito. Este animalejo era apenas una sabandija por lo que la gente no le prestaba atención, incluso cuando esta sabandija se comía una pequeña parte de los gusanitos de seda de Noatlín. La gente pensaba que si dejaban al dragoncito en paz éste haría lo mismo con ellos cuando creciera, asi mismo se evitarían la pena de que los padres del dragoncito alguna vez pasaran por ahí buscando a su crío solo para toparse con que los habitantes de Noatlín lo habían matado por indeseable. Toleraron al dragón y las cosas continuaron siendo buenas, o al menos eso creían.


Al pasar el tiempo el dragoncito se convirtió en un animal vigoroso. Ahora no solo se contentaba con comerse los gusanos de seda, sino que se dedicó a vandalizar a algunos cultivos de la población. Con el problema en las manos, el monarca de Noatlín decidió hacer frente a la amenaza indicando a sus súbditos que ellos mismos deberían encargarse de proteger la provisión de gusanos de seda así como los cultivos. Los proveyó de palos y picos para espantar al dragón y les indicó que si era necesario, deberían pedir apoyo a las hadas de la región para que ellas se encargaran de encantar al dragón y lo distrajeran mientras ellos lo capturaban y lo alejaban de Noatlín. Esto funcionó muy bien y las cosas volvieron a ser buenas, o al menos eso creían.

Un día el primer ministro, el duque Nerretía informó al monarca que ese día no entregarían la cantidad diaria pactada de capas de seda. Furioso, el rey demandó explicaciones a su ministro quien solo pudo decir que el dragón era ahora lo suficientemente grande como para cazar ganado y destruir las casas de los trabajadores, por lo que ahora éstos pasan la mayor parte de su tiempo reparando los daños que la "sabandija" causaba y no atendían sus labores en los campos de seda. El rey se enfureció más y demandó tener una audiencia con todos sus súbditos para tratar este asunto de inmediato. Todos habrían de estar en la plaza mayor al despuntar el alba del día siguiente. Al correrse la noticia de la convocatoria del rey los súbditos se llenaron de alegría. "Su majestad nos librará del dragón" decían con emoción y se apresuraron para teiminar las reparaciones de sus casas para levantarse y atender el llamado de Su majestad. Las cosas estarían mejor y todo sería bueno de nuevo, o al menos eso creían.

Llegada la cita, todos los habitantes de Noatlín abarrotaron la plaza del pueblo esperando a que su monarca apareciera en el balcón del palacio real. Pasaron unos cuantos minutos cuando apareció tras las cortinas Su alteza acompañado del primer ministro Nerretía. Un gran silencio llenaba la plaza por lo que parecieron ser décadas. La gente estaba llena de esperanza y emoción cuando el rey alzó la voz y dijo:


-¡Son todos unos cobardes! ¿No se les dieron palos y picos para defenderse del dragón? Apuesto a que con ellos han hecho caballitos de palo para los niños y espanta-pájaros para los cultivos, cuando lo que deberían haber hecho era armas espanta-dragones.


El silencio en la plaza se hizo aún más grande. La gente se miraba entre ellos, desconcertada. De pronto se escuchó a lo lejos el sollozo de una mujer y es esto lo que hizo al rey pensar que tal vez estaba siendo demasiado duro, mas recordó las enseñanzas de su padre quien le dijo que en época de dragones lo que más necesita el pueblo es mano firme y dura. Con esto en mente el rey volvió a dirigirse al público.


-Necesitamos hombres valientes que hagan frente a esta amenaza. Por ello, exijo que todos los hombres hagan un esfuerzo sobrehumano y hagan acopio de coraje para matar al dragón. ¡He dicho!

Las trompetas reales entonaron una fanfraria y el rey se volvió y regresó a sus aposentos, pues sus deberes reales le requerían. El primer ministro le siguió y la plaza comenzó a quedarse vacía. Mientras tanto, el rey comenzaba a pensar que los valientes del pueblo atenderían a sus demandas. Recordó aquélla temporada de dragones durante el reinado de su padre cuando unos cuantos valientes hicieron añicos un dragón que aterrorizaba a la población. Con esto en su mente, el rey se dirigió a atender el juego real de polo que acostumbraba anfitrionar para los monarcas de los reinos vecinos. Claro, que si no se hacían cargo de este nuevo dragón, pronto no habría dinero para celebrar tal evento de la forma acostumbrada. La reina comenzaría a quejarse de que la calidad de los bocadillos era cada vez menor y, lo que es peor, tendría que negársele el dinero necesario para comprar las chucherías que tanto le gustan. No, eso ni pensarlo; las cosas pronto volverían a ser mejores pues después de todo esto era solo otra temporada de dragones como otras, nada más. O al menos eso creía...

2 Comments:

Blogger Diana Carolina said...

Me gustó mucho tu cuento de hadas, ya espero con ansia la continuación! =)

Lo bueno es que nada más ocurre en los cuentos, verdad???

No, espera...

Al menos eso era lo que yo creía.

=P

Friday, October 21, 2005 11:21:00 AM  
Blogger rene said...

Es buen proyecto para tu blog escribir cuento(s)!

Sunday, October 23, 2005 11:32:00 AM  

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